28 ago 2011

Auxilio felino.


Oigo otra vez ese llanto agudo en la lejanía, pidiéndome ayuda, y apenada por su ahogo me dirijo hacia él.
Estoy frente a la entrada, los sollozos salen desde debajo de la puerta, mientras sus suaves uñitas rasgan una esquina de la madera.


Hace una semana, mientras iba de camino a casa, advertí cómo un hombre se acercaba al vertedero con una caja de cartón de la que procedía uno de los más tristes lamentos que había escuchado en años.
Se introdujo en un laberinto de basuras y desechos, entre los plásticos y el vidrio, y allí la dejó.
No podía decirse que inundase aquel lugar el mejor de los olores, pero en cuanto vi salir a ese extraño señor, me acerqué; esa vocecilla me llamaba.
Deshice la maraña de cartón y topé con dos enormes y verdes ojos, rodeados de un aterciopelado blanco y canela.
Era preciosa.
Miré alrededor por si había alguien dispuesto a reclamarla, puesto que mi casera no permite mascotas, pero no vi a nadie, así que decidí envolverla en mi chaqueta y llevármela.

Poco antes de subir al piso, bajo las escalerillas, opté por meter a esa bola de pelo en la mochila, de forma que nadie me pudiese ver entrar con ella.
Las primeras horas en casa ni siquiera se movió.
La dejé durmiendo en una cestita de mimbre que solía usar para colocar la fruta, mientras preparaba la mesa del almuerzo, y salí un segundo a coger unos apuntes que olvidé en la sala.
La conmoción no fue pequeña al entrar de nuevo al comedor: se había comido mi comida, desparramando todos los restos sobre la mesa y el suelo, se había bebido mi agua y ocupado mi puesto, había tirado un par de vasos, dejando con la comida una mezcla de cristales, había deshilachado los cojines de las sillas, arañado el barniz y volado todas las servilletas cayendo empapadas sobre el nuevo color del pavimento.
Se subía en todas partes: en la encimera, en el sofá, en el lavabo, en la cama, en las estanterías, en las ventanas, por las cortinas y hasta por mis piernas...¡si por ella fuese se habría subido hasta a la copa de los árboles!
Era un caos total, y se iría por donde había venido. Así que fui a por una vieja caja de zapatos, dispuesta a meterla y regalársela al primero que pasase...
Y entonces fue cuando la vi, ahí, en la sala, sobre mi taburete de negro cuero, inclinada, jugueteando y tocando las teclas del piano, mirándome con esos ojos como lunas llenas.
No había duda de que se quedaría conmigo.

Pasamos la tarde jugueteando con pedazos de telas viejas que sobraron de haber cosido los almohadones de la sala.
Se hizo a mí enseguida, me seguía a todas partes.
Ya tenía su propio rinconcito, bajo el hueco de la escalera. Le coloqué mantas, un tazón de agua y un plato de jamón cocido.
Se acomodó y cayó rendida, así que aproveché para salir a hacer unas compras rápidas.

Vuelvo y oigo otra vez ese llanto agudo en la lejanía, pidiéndome compañía, y buscando lo mismo me dirijo hacia él.
Estoy frente a la entrada, los sollozos salen desde debajo de la puerta, mientras la llave rasga y abre la cerradura.

Me tumbo en el sofá y me sigue, la cojo y me la pongo en el pecho, ella se acurruca y ronronea agradecida.
Nos miramos mientras vuelve a caer en un plácido sueño.
Bienvenida a casa, Thelma.

9 ago 2011

Valentía.

- Haría ésto más fácilmente si tuviera encima unas copas de más - dijo ella.
- ¿Y qué crees que conseguirías con éso? Hacer el ridículo, nada más.
No demostrarías que eres fuerte, ni que puedes afrontar lo que venga.
Sólo parecerías una pobre exánime, como una marioneta controlada por los desvaríos del alcohol.
- Me da igual, ya no lo soporto, pero tampoco me atrevo, no tengo valor.
- Claro que lo tienes.
- Tengo ganas, muchas, pero sólo la idea de dar un paso hacia delante lo que me da son ganas de vomitar.
- Hazlo.
- No puedo...
- Está bien, adiós.
- ¿Qué haces?
- Irme. No voy a quedarme a ver cómo te deshaces.
No pienso cruzarme de brazos y contemplar cómo te pulverizas.
- ¿¡Y qué pretendes que haga!?
- ¡Levantarte, joder!, sólo levantarte.
Es hora de que dejes de estar tirada en el suelo que el resto del mundo pisa y entierra. Es hora de erguirse hasta que los demás te parezcan pequeños.
- Espera a que vuelva.
- Eso no lo dudes.

Cuando ser valiente es lo único que basta...merece la pena intentarlo.

2 ago 2011

...

Mi imaginación está vacía.
Hace semanas que su fruto cayó al suelo.
El otoño llegó antes de tiempo...