
Lloro de impotencia, por no partirle la cara a bofetadas.
Lloro por no explotar y llorar realmente de tristeza.
La quiero tanto que la odio, tanto que me produce asco.
Asco porque me siento inútil dando tanto por una persona que me desprecia, o al menos, aparenta despreciarme.
Una persona por la que daría todo, desde mi felicidad hasta mi vida.
De la que sólo recibo miradas de odio, rencor, repulsión.
Que con sus palabras patea mis sentimientos desde que despierto
hasta que consigo dormir.
Una persona que no me respeta, que no confía en mí.
Y lo que más me duele: que no me quiere.
¿Hermana? Yo no tengo de eso...